Escribir me ayuda para expresar la manera que no comprendo el mundo, no se quien fue quien dijo que escribiendo lo entendía, yo simplemente no lo hago y es la impotencia a las cosas injustas la que me empuja a escribir. Ese nudo en la la garganta, ese caos en mi mente, a veces me hace apretar los dientes y otras mirar a la nada casi sin vida. No medito en cómo me gustaría que fueran las cosas, sino como son así de simples y complicadas que contemplo o se me prestan. En la realidad ne cuesta callarme y eso me trae problemas inclusive conmigo misma, porque al final de nada sirve. Siempre alguien contesta peor, o se pone a llorar, o tan solo te hacen la cruz y dejan de hablarte. Me cuesta ser indiferente cuando alguien que me importa hace cosas así, incoherentes e injustas. Nadie termina bien. Ni yo misma. Y por eso escribo. Me desahogo, sin llegar a una respuesta. Nunca. Como ahora. Pero escribo sobre ello y, ni para bien o para mal, me saco un peso de encima, o por lo menos lo anestesio un poco. Por un rato. Creo.
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