miércoles, 18 de septiembre de 2019
La marea
No esta ni mal ni bien. Así son las cosas hoy, pero todavía me cuesta acoplarme al sistema. Como siempre. Me dejo llevar por la marea un par de veces -como esta-, me raspo las rodillas, los codos, las manos. Después me curo, se me cicatriza el cuerpo y estoy lista -otra vez- para dejarme ir, otro dia, otra hora, me dejo llevar.
Prostituta
Estoy lejos de ser una prostituta sexual, lejos de esa vida, no conozco a ninguna y de vez en
cuando leí algún libro sobre alguna mujer denigrada el cuerpo y alma, compensada por unas
burdas monedas y el orgullo a cuestas, golpeado por la necesidad.
Soy una prostituta del perdón.
Es un oficio que comencé de chica, sin darme cuenta inclusive, por un par de golosinas, por una muñeca, por alguna baratija. De grande no lo dejé, siempre había alguna ropa, alguna salida, maquillaje, cine, celular, auriculares, tonterías. Cosas predecibles. Pero un día aposté a algo mas serio, mas grande, lo que prometía ser mi salvavidas dentro de este infierno.
Mi carrera.
Ya la cosa era mas seria, lo sentía en los huesos. Mi precio no había aumentado, pero sí mi necesidad. Era eso o laburar de otra cosa y tardar el doble en graduarme. Que no es tan malo, a decir verdad, pero fue una decisión que tomé en su momento y medite a fondo. Me mordería la lengua mas veces, forzaría abrazos y sonrisas, finguiria un revoloteo de ojos como diciendo 《Ya fue, ya no estoy enojada. Todo bien. 》. Lo peor son los te quiero, te amo, gracias o sí me importas.
La deshonestidad es como tragarse varios vasos de vodka seguidos, llega un punto que ya te acostumbras, pero siempre tienen un sabor horrible.
También me vendí por egoísmo, claro está. Hubo veces que mientras mas grande era mi perdón, mayor era la propina. Mucho mejor. Hasta a veces lo esperaba con ansias. Total, es hacer borrón y cuenta nueva nomás. No pasa nada.
Pero sí pasa.
Y pasa. Como una prostituta experta, conozco a una que esta exprimida. Las rameras propiamente viejas mueren jóvenes o lastran una enfermedad horrible en su vejez de trasmisión sexual.
O, si tienes suerte, están sanas pero el cuerpo es carne y siempre se termina pudriendo sin los cuidados necesarios.
Las líneas profundas de la cara que parecen arrugas, pero en realidad son marcas de maltrato psicológico, la falta de dientes por el inaguantable trabajo carente de salubridad, las manos ásperas, la piel marchita. La vulgaridad rodea su persona, pero son las putas son sabias aún así por el infierno que tuvieron que vivir. Lo peor son los ojos y la mirada creo. Sus ojos rodeados de ojeras y ya no brillan con avidez, su mirada es dura, opaca, hay un sufrimiento eterno asomándose en esas ventanas del alma que le dan a uno la sensación de que esta a punto de lanzarse al vacío, pero nunca se tiran. Aguardan, en el borde, soportando.
Suicido mi dignidad cada vez que baja la cabeza y perdono. Ya no creo, pero fingo hacerlo para que el patrón este feliz. Y sé, yo sé que no podré fingir por mucho tiempo. Es inhumano.
Las prostitutas veteranas son la prueba de que el cuerpo, siempre, te pasa factura.
Mamá tuvo dos ataques al corazón un par de años antes de los sesenta. Sus arrugas son muchas, sus ojos lloran secos, hay una amargura infinita en su postura. Su amor, sin embargo, es infinito. Mamá no es muy cariñosa, no consciente, no le gustan las tonterías y es seca a veces por naturaleza.
Su devoción no tiene fin para sus hijos, esa es su mayor muestra de afecto y no flaquea.
Como prostituta del perdón, es la prueba de que el amor no es suficiente. El corazón de uno mismo no es infalible y el cuerpo no es una maquina.
Y el perdón…el perdón no es cualquier cosa.
El perdón no tiene precio.
Soy una prostituta del perdón.
Es un oficio que comencé de chica, sin darme cuenta inclusive, por un par de golosinas, por una muñeca, por alguna baratija. De grande no lo dejé, siempre había alguna ropa, alguna salida, maquillaje, cine, celular, auriculares, tonterías. Cosas predecibles. Pero un día aposté a algo mas serio, mas grande, lo que prometía ser mi salvavidas dentro de este infierno.
Mi carrera.
Ya la cosa era mas seria, lo sentía en los huesos. Mi precio no había aumentado, pero sí mi necesidad. Era eso o laburar de otra cosa y tardar el doble en graduarme. Que no es tan malo, a decir verdad, pero fue una decisión que tomé en su momento y medite a fondo. Me mordería la lengua mas veces, forzaría abrazos y sonrisas, finguiria un revoloteo de ojos como diciendo 《Ya fue, ya no estoy enojada. Todo bien. 》. Lo peor son los te quiero, te amo, gracias o sí me importas.
La deshonestidad es como tragarse varios vasos de vodka seguidos, llega un punto que ya te acostumbras, pero siempre tienen un sabor horrible.
También me vendí por egoísmo, claro está. Hubo veces que mientras mas grande era mi perdón, mayor era la propina. Mucho mejor. Hasta a veces lo esperaba con ansias. Total, es hacer borrón y cuenta nueva nomás. No pasa nada.
Pero sí pasa.
Y pasa. Como una prostituta experta, conozco a una que esta exprimida. Las rameras propiamente viejas mueren jóvenes o lastran una enfermedad horrible en su vejez de trasmisión sexual.
O, si tienes suerte, están sanas pero el cuerpo es carne y siempre se termina pudriendo sin los cuidados necesarios.
Las líneas profundas de la cara que parecen arrugas, pero en realidad son marcas de maltrato psicológico, la falta de dientes por el inaguantable trabajo carente de salubridad, las manos ásperas, la piel marchita. La vulgaridad rodea su persona, pero son las putas son sabias aún así por el infierno que tuvieron que vivir. Lo peor son los ojos y la mirada creo. Sus ojos rodeados de ojeras y ya no brillan con avidez, su mirada es dura, opaca, hay un sufrimiento eterno asomándose en esas ventanas del alma que le dan a uno la sensación de que esta a punto de lanzarse al vacío, pero nunca se tiran. Aguardan, en el borde, soportando.
Suicido mi dignidad cada vez que baja la cabeza y perdono. Ya no creo, pero fingo hacerlo para que el patrón este feliz. Y sé, yo sé que no podré fingir por mucho tiempo. Es inhumano.
Las prostitutas veteranas son la prueba de que el cuerpo, siempre, te pasa factura.
Mamá tuvo dos ataques al corazón un par de años antes de los sesenta. Sus arrugas son muchas, sus ojos lloran secos, hay una amargura infinita en su postura. Su amor, sin embargo, es infinito. Mamá no es muy cariñosa, no consciente, no le gustan las tonterías y es seca a veces por naturaleza.
Su devoción no tiene fin para sus hijos, esa es su mayor muestra de afecto y no flaquea.
Como prostituta del perdón, es la prueba de que el amor no es suficiente. El corazón de uno mismo no es infalible y el cuerpo no es una maquina.
Y el perdón…el perdón no es cualquier cosa.
El perdón no tiene precio.
DUDA
Era mediados de noviembre y yo tenía dieciocho años. Hacia calor y lo único que podía
pensar era en mi propia infelicidad. Mi autoestima baja, mi incertidumbre por el futuro, mis
celos por Y, lo insoportables que eran papá y mamá, mi carencia de afecto masculino, mi
sexualidad errante, mi gordura, mi poca motivación, mi año de fracaso. Yo, yo y todo yo.
Solo veía todo lo malo, si hubiera sabido lo feliz que era en ese momento. Tan, pero tan ignorante. La pureza no la perdí cuando dejé de ser virgen, no. La comencé a perder aquel fatídico día, en el consultorio de P.
Perder la inocencia es como te cojan, te enamores y te rompan las ilusiones luego.
En realidad, creo que mas bien ese día perdí la virginidad de mi alma, lo que vino después fracturo mi corazón.
Yo estaba contándole a borbotones mis problemas existenciales a P, hasta que me paró preguntando:
–¿Cómo esta B?
Sorprendida, me encogí de hombros.
–Bien, supongo. Con su vida, ya sabes. Hace rato que no la veo, debe estar ocupadísima.
–¿Hace cuanto, exactamente, no la ves? –insistió P.
Me lo pensé un momento, la verdad era que no me acordaba.
–Hace…mucho –conteste, sorprendida de que en realidad era así, hace meses no la veía.
–¿Te acordas porque se separaron tus papás por primera vez? –P no dejaba de sorprenderme, me removí incomoda en el sillón. Las preguntas que lanzaba eran de un extremo al otro, rápidas y opresivas como una bala.
–Porque mi papá se puso violento en esa época –conteste, mecánicamente repitiendo lo que me contaron desde niña. La verdad era que aquello no me acordaba, la violencia, digo. Porque nada más nombrar el primer divorcio me acorde esa esa noche de lluvia y frazada vieja.
P me miró de una forma que no voy a olvidar nunca.
–¿Estas segura?
Con esa pregunta P plantó su semilla dentro de mi.
La duda.
Solo veía todo lo malo, si hubiera sabido lo feliz que era en ese momento. Tan, pero tan ignorante. La pureza no la perdí cuando dejé de ser virgen, no. La comencé a perder aquel fatídico día, en el consultorio de P.
Perder la inocencia es como te cojan, te enamores y te rompan las ilusiones luego.
En realidad, creo que mas bien ese día perdí la virginidad de mi alma, lo que vino después fracturo mi corazón.
Yo estaba contándole a borbotones mis problemas existenciales a P, hasta que me paró preguntando:
–¿Cómo esta B?
Sorprendida, me encogí de hombros.
–Bien, supongo. Con su vida, ya sabes. Hace rato que no la veo, debe estar ocupadísima.
–¿Hace cuanto, exactamente, no la ves? –insistió P.
Me lo pensé un momento, la verdad era que no me acordaba.
–Hace…mucho –conteste, sorprendida de que en realidad era así, hace meses no la veía.
–¿Te acordas porque se separaron tus papás por primera vez? –P no dejaba de sorprenderme, me removí incomoda en el sillón. Las preguntas que lanzaba eran de un extremo al otro, rápidas y opresivas como una bala.
–Porque mi papá se puso violento en esa época –conteste, mecánicamente repitiendo lo que me contaron desde niña. La verdad era que aquello no me acordaba, la violencia, digo. Porque nada más nombrar el primer divorcio me acorde esa esa noche de lluvia y frazada vieja.
P me miró de una forma que no voy a olvidar nunca.
–¿Estas segura?
Con esa pregunta P plantó su semilla dentro de mi.
La duda.
El gato
Siempre dije que cuando sea grande escribiría un libro de mi familia y me haría millonaria.
Como si ser escritor equivaldría a que te llueva dinero, claro. De chica lo decía en serio,
mientras fui creciendo me di cuenta que ser escritora conocida era bien jodido y poco
dependía de escribir bien o mal, o crear una buena historia. Ja. El mundo editorial y el
mercado son el Dios Todopoderoso de las publicaciones, la publicidad y mil cosas más que
no entiendo. Pero sé que ellos son la voz principal que importa y aunque te publiquen algún
libro, no necesariamente vas a contar con lectores al principio. Y mucho menos incontables
toneladas de dinero. Ay, no me da pena lo inocente que era al creer que ser escritora era como
ser estrella de rock o actriz. Tan solo me da una nostalgia tremenda. Que ganas de ver a la yo
de doce años en su momento y rodearla con los brazos, y susurrarle bien bajito que nunca
deje de creer, que lo demás son mentiras. Sócrates se afanaba por dejar en claro que lo único
que sabia era que no sabia nada y pese a contradecirse abiertamente, no estaba loco, pero era
feliz. Seguro lo mataron porque a la polis no le gustaba que se burlaran de ellos. Mi yo de
doce, catorce, dieciséis, dieciocho…Creía que sabia algo y yo daría lo que fuese por
mantenerla tan ignorante como no sabia que era en ese momento.
Mi ignorante yo también creía que escribir un libro cuando fuera grande iba a ser mas fácil
que aquél ahora. Sin embargo, ahora soy grande y me en encuentro tan perdida como aquel
momento.
O más, quizás. La seguridad ciega de la inocencia la perdí hace bastante, pero
también la inseguridad de no ser lo suficientemente buena. Sé que no soy buena, pero
tampoco soy mala. Escribir es escribir, no es tarea fácil, tampoco imposible.
Me plantee de empezar de muchas formas, siempre estuve segura que sacaría una novela de
mi familia. Llena de intriga, drama, suspenso y un poquito de humor. Pero para dicha novela
imaginaria hace falta una secuencia exhaustiva y carezco de la paciencia, y cuando le tengo,
me hace falta inspiración. De modo que no pude esperar a tener treinta o cuarenta años, no
puede esperar a tener dos títulos ni tener una vida emancipada e independiente. Me surge
escribir y escribo, sin talón, sin guía, como me salga y si me quiero saltar algo lo salto,
después lo retomare y si no me entienden, lolamento. Seguro leer Borges es peor, pese a que
tiene una narración que es considerada sublime.
No tengo muy buena educación, no tengo perfeccionamientos, no tengo nada. Aquí viene mi
parte nihilista, siempre presente en mi fuero interno, qué mas da. Sócrates, viejo amigo, vos
tenia razón. Yo tampoco sé nada, aunque sé que no lo sé. Y Descartes, no te olvido, eh. Dudo
si sé algo o si no sé nada, dudo de Sócrates y de vos. Dudo de mi misma, dudo de quien lee,
y dudo que verdaderamente importe saber algo o dudo que dudar no saber lo otro.
Incertidumbre e ignorancia.
La felicidad dividida en dos. Quizás no la mejor, pero si es la felicidad.
¿Sino como me explico que ahora sé y no dudo de algo, y la felicidad parece tan imposible
como forzarme a olvidar?
La curiosidad mató al gato, dicen. ¿Y después? Pero, ¿llegó a la fuente de su inquietud? Esa
frase funciona como aviso, pero en realidad siento que fue una sentencia. La curiosidad lo
mató. El gato esta muerto.
Pero se murió sabiendo algo, ¿Qué?
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