Estoy lejos de ser una prostituta sexual, lejos de esa vida, no conozco a ninguna y de vez en
cuando leí algún libro sobre alguna mujer denigrada el cuerpo y alma, compensada por unas
burdas monedas y el orgullo a cuestas, golpeado por la necesidad.
Soy una prostituta del perdón.
Es un oficio que comencé de chica, sin darme cuenta inclusive, por un par de golosinas, por
una muñeca, por alguna baratija. De grande no lo dejé, siempre había alguna ropa, alguna
salida, maquillaje, cine, celular, auriculares, tonterías. Cosas predecibles. Pero un día aposté
a algo mas serio, mas grande, lo que prometía ser mi salvavidas dentro de este infierno.
Mi carrera.
Ya la cosa era mas seria, lo sentía en los huesos. Mi precio no había aumentado, pero sí mi
necesidad. Era eso o laburar de otra cosa y tardar el doble en graduarme. Que no es tan malo,
a decir verdad, pero fue una decisión que tomé en su momento y medite a fondo. Me mordería
la lengua mas veces, forzaría abrazos y sonrisas, finguiria un revoloteo de ojos como diciendo
《Ya fue, ya no estoy enojada. Todo bien. 》. Lo peor son los te quiero, te amo, gracias o sí
me importas.
La deshonestidad es como tragarse varios vasos de vodka seguidos, llega un punto que ya te
acostumbras, pero siempre tienen un sabor horrible.
También me vendí por egoísmo, claro está. Hubo veces que mientras mas grande era mi
perdón, mayor era la propina. Mucho mejor. Hasta a veces lo esperaba con ansias. Total, es
hacer borrón y cuenta nueva nomás. No pasa nada.
Pero sí pasa.
Y pasa.
Como una prostituta experta, conozco a una que esta exprimida.
Las rameras propiamente viejas mueren jóvenes o lastran una enfermedad horrible en su
vejez de trasmisión sexual.
O, si tienes suerte, están sanas pero el cuerpo es carne y siempre
se termina pudriendo sin los cuidados necesarios.
Las líneas profundas de la cara que parecen arrugas, pero en realidad son marcas de maltrato
psicológico, la falta de dientes por el inaguantable trabajo carente de salubridad, las manos
ásperas, la piel marchita. La vulgaridad rodea su persona, pero son las putas son sabias aún
así por el infierno que tuvieron que vivir. Lo peor son los ojos y la mirada creo. Sus ojos
rodeados de ojeras y ya no brillan con avidez, su mirada es dura, opaca, hay un sufrimiento
eterno asomándose en esas ventanas del alma que le dan a uno la sensación de que esta a
punto de lanzarse al vacío, pero nunca se tiran. Aguardan, en el borde, soportando.
Suicido mi dignidad cada vez que baja la cabeza y perdono. Ya no creo, pero fingo hacerlo
para que el patrón este feliz. Y sé, yo sé que no podré fingir por mucho tiempo. Es inhumano.
Las prostitutas veteranas son la prueba de que el cuerpo, siempre, te pasa factura.
Mamá tuvo dos ataques al corazón un par de años antes de los sesenta. Sus arrugas son
muchas, sus ojos lloran secos, hay una amargura infinita en su postura. Su amor, sin embargo,
es infinito. Mamá no es muy cariñosa, no consciente, no le gustan las tonterías y es seca a
veces por naturaleza.
Su devoción no tiene fin para sus hijos, esa es su mayor muestra de afecto y no flaquea.
Como prostituta del perdón, es la prueba de que el amor no es suficiente. El corazón de uno
mismo no es infalible y el cuerpo no es una maquina.
Y el perdón…el perdón no es cualquier cosa.
El perdón no tiene precio.
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