miércoles, 18 de septiembre de 2019

DUDA

Era mediados de noviembre y yo tenía dieciocho años. Hacia calor y lo único que podía pensar era en mi propia infelicidad. Mi autoestima baja, mi incertidumbre por el futuro, mis celos por Y, lo insoportables que eran papá y mamá, mi carencia de afecto masculino, mi sexualidad errante, mi gordura, mi poca motivación, mi año de fracaso. Yo, yo y todo yo. 
Solo veía todo lo malo, si hubiera sabido lo feliz que era en ese momento. Tan, pero tan ignorante. La pureza no la perdí cuando dejé de ser virgen, no. La comencé a perder aquel fatídico día, en el consultorio de P. 
Perder la inocencia es como te cojan, te enamores y te rompan las ilusiones luego. 
En realidad, creo que mas bien ese día perdí la virginidad de mi alma, lo que vino después fracturo mi corazón. 
Yo estaba contándole a borbotones mis problemas existenciales a P, hasta que me paró preguntando: 
–¿Cómo esta B? 
Sorprendida, me encogí de hombros. 
–Bien, supongo. Con su vida, ya sabes. Hace rato que no la veo, debe estar ocupadísima. 
–¿Hace cuanto, exactamente, no la ves? –insistió P. 
Me lo pensé un momento, la verdad era que no me acordaba. 
–Hace…mucho –conteste, sorprendida de que en realidad era así, hace meses no la veía. 
–¿Te acordas porque se separaron tus papás por primera vez? –P no dejaba de sorprenderme, me removí incomoda en el sillón. Las preguntas que lanzaba eran de un extremo al otro, rápidas y opresivas como una bala. 
–Porque mi papá se puso violento en esa época –conteste, mecánicamente repitiendo lo que me contaron desde niña. La verdad era que aquello no me acordaba, la violencia, digo. Porque nada más nombrar el primer divorcio me acorde esa esa noche de lluvia y frazada vieja. 
P me miró de una forma que no voy a olvidar nunca. 
–¿Estas segura? 
Con esa pregunta P plantó su semilla dentro de mi. 
 La duda. 

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