miércoles, 18 de septiembre de 2019

El gato

Siempre dije que cuando sea grande escribiría un libro de mi familia y me haría millonaria. Como si ser escritor equivaldría a que te llueva dinero, claro. De chica lo decía en serio, mientras fui creciendo me di cuenta que ser escritora conocida era bien jodido y poco dependía de escribir bien o mal, o crear una buena historia. Ja. El mundo editorial y el mercado son el Dios Todopoderoso de las publicaciones, la publicidad y mil cosas más que no entiendo. Pero sé que ellos son la voz principal que importa y aunque te publiquen algún libro, no necesariamente vas a contar con lectores al principio. Y mucho menos incontables toneladas de dinero. Ay, no me da pena lo inocente que era al creer que ser escritora era como ser estrella de rock o actriz. Tan solo me da una nostalgia tremenda. Que ganas de ver a la yo de doce años en su momento y rodearla con los brazos, y susurrarle bien bajito que nunca deje de creer, que lo demás son mentiras. Sócrates se afanaba por dejar en claro que lo único que sabia era que no sabia nada y pese a contradecirse abiertamente, no estaba loco, pero era feliz. Seguro lo mataron porque a la polis no le gustaba que se burlaran de ellos. Mi yo de doce, catorce, dieciséis, dieciocho…Creía que sabia algo y yo daría lo que fuese por mantenerla tan ignorante como no sabia que era en ese momento. Mi ignorante yo también creía que escribir un libro cuando fuera grande iba a ser mas fácil que aquél ahora. Sin embargo, ahora soy grande y me en encuentro tan perdida como aquel momento. 
O más, quizás. La seguridad ciega  de la inocencia la perdí hace bastante, pero también la inseguridad de no ser lo suficientemente buena. Sé que no soy buena, pero tampoco soy mala. Escribir es escribir, no es tarea fácil, tampoco imposible.
 Me plantee de empezar de muchas formas, siempre estuve segura que sacaría una novela de mi familia. Llena de intriga, drama, suspenso y un poquito de humor. Pero para dicha novela imaginaria hace falta una secuencia exhaustiva y carezco de la paciencia, y cuando le tengo, me hace falta inspiración. De modo que no pude esperar a tener treinta o cuarenta años, no puede esperar a tener dos títulos ni tener una vida emancipada e independiente. Me surge escribir y escribo, sin talón, sin guía, como me salga y si me quiero saltar algo lo salto, después lo retomare y si no me entienden, lolamento. Seguro leer Borges es peor, pese a que tiene una narración que es considerada sublime. 
No tengo muy buena educación, no tengo perfeccionamientos, no tengo nada. Aquí viene mi parte nihilista, siempre presente en mi fuero interno, qué mas da. Sócrates, viejo amigo, vos tenia razón. Yo tampoco sé nada, aunque sé que no lo sé. Y Descartes, no te olvido, eh. Dudo si sé algo o si no sé nada, dudo de Sócrates y de vos. Dudo de mi misma, dudo de quien lee, y dudo que verdaderamente importe saber algo o dudo que dudar no saber lo otro. 
Incertidumbre e ignorancia. 
La felicidad dividida en dos. Quizás no la mejor, pero si es la felicidad. 
¿Sino como me explico que ahora sé y no dudo de algo, y la felicidad parece tan imposible como forzarme a olvidar? 
La curiosidad mató al gato, dicen. ¿Y después? Pero, ¿llegó a la fuente de su inquietud? Esa frase funciona como aviso, pero en realidad siento que fue una sentencia. La curiosidad lo mató. El gato esta muerto. 
Pero se murió sabiendo algo, ¿Qué?

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